sábado, 31 de agosto de 2019

Cañín


-Aló ¿Se encuentra el caballero?

-¿Quién?- con desconfianza-.

-Disculpe… - con voz complicada-. Es que no sé cómo se llama el caballero. Sólo sé que le dicen Cañín- ríe nerviosamente-.

Cañín, así era conocido mi papá por gran parte de la comunidad camionera, tanto así, que no eran pocos los que desconocían totalmente su nombre real, como el caso de aquel señor que una tarde llegó a preguntar por él, muy complicado, porque si bien tenía total certeza que era la casa del Cañín, desconocía cómo se llamaba, y quizá, pudiera llegar ser ofensivo preguntar así por el dueño de casa.

Y era entendible. Hay muchos sobrenombres, sino la mayoría, que nacen por un defecto físico o algún percance en la vida. Bueno, esa es la definición de los sobrenombres, resaltar lo negativo, que con el tiempo, pasa a segundo plano y se convierte en casi un nombre oficial. 

Un misterio total siempre fue el origen de aquel sobrenombre que llevó durante toda su vida mi papá, aunque se fue perdiendo con el tiempo y quedó relegado a las personas de Salamanca, siempre continuó estando presente.

Había una teoría no muy decorosa relacionada con algo así como con una araña, la araña cañina. Creo que iba la teoría por lo que dicen “picado de la araña”. Era un poco rebuscado.

¿Existe la palabra cañín? ¿Hay una araña con esa denominación?

Recurrí a google y sorprendentemente  existe:

Cañin: Prolongación articulada de la caña que sirve para gobernar el timón con el patrón colgado a la banda o desde el trapecio.

Mmmm. La cosa tampoco iba por ahí. Pero la respuesta llegó.

¿Por qué le decían Cañín? Pregunto alguien durante el velorio.

Mi tía Emilia esbozó lo que quizá es la versión más encantadora y, por lo mismo, desde ese momento para mí la oficial.

-Cuando chico Emilio se caía y decía “me cañín, me cañín...”.

Fin del misterio


**
Comparto la historia con mi hermana.

Me dice que cuando chica le decían la cañina. Esto me recuerda que en uno de las dos partidos que jugué por un club salamanquino (prontamente caché que era malo y huí), me dijeron cañín chico. Era una mañana en una cancha de tierra de Chalinga.

Fue la primera y única vez que recibí ese apodo. Me salvé

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